Crítica. Para entender El Eternauta, no alcanza con discutir si la serie es fiel o no a la historieta original. Hay que mirar más allá. Porque, incluso si esa fuera la única vara, esta ambiciosa adaptación logra ser fiel, aun con los cambios que asume desde el primer minuto.
La nueva serie de Netflix basada en la obra maestra de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López no aparece como una irrupción súbita, sino como la concreción de un deseo largamente postergado. Por décadas, El Eternauta fue un clásico inadaptable, una utopía audiovisual. Hoy, de la mano del director Bruno Stagnaro (Okupas, Pizza, birra, faso), ese anhelo se vuelve realidad en forma de una miniserie que respeta el espíritu de la obra original, pero se anima a reescribirla en clave contemporánea.
Hablar de “traducción” en lugar de adaptación puede ser más justo. Stagnaro no copia viñeta por viñeta, sino que interpreta, traslada y resignifica. Cambia nombres, edades y referencias temporales, pero sin perder la esencia de una historia cargada de tensiones políticas, sociales y existenciales.
La serie, dividida en seis capítulos, arranca con una imagen icónica: la nevada mortal sobre Buenos Aires. Desde ahí, un grupo de amigos —uno de ellos, el inolvidable Juan Salvo, interpretado con aplomo por Ricardo Darín— se enfrenta a un mundo en colapso. Lo que comienza como ciencia ficción pronto se convierte en una profunda exploración sobre la condición humana, la solidaridad, el miedo y la resistencia frente a lo desconocido.
El Eternauta brilla por varios motivos. Las actuaciones —en especial las de César Troncoso, Carla Peterson y el propio Darín— aportan humanidad y densidad emocional. Los efectos especiales sorprenden, con una Buenos Aires apocalíptica que estremece. Y el guion no se limita a mostrar la amenaza externa: también revela el viaje interior de sus personajes, particularmente el de Juan Salvo, que muta, crece y se quiebra con el paso de los episodios.
No es una serie perfecta. Los primeros capítulos requieren paciencia: están dedicados a construir mundo, personajes y tono. Pero a partir del cuarto, la historia acelera y alcanza su mejor nivel, con momentos de verdadera tensión y potencia visual. La trama no se cierra del todo —habrá segunda temporada—, pero lo que se muestra ya basta para dejar huella.
Hay, además, un lujo sonoro que no puede pasarse por alto. La banda sonora original, compuesta por Federico Jusid, eleva la experiencia y aporta identidad. Se suma, con sutileza, a clásicos del rock argentino que dialogan con el relato, como un guiño a generaciones pasadas que leyeron la historieta con ojos de asombro.
En definitiva, El Eternauta no solo es una buena serie. Es un acontecimiento cultural. Toma un símbolo fundacional de la historieta argentina y lo lanza al futuro, con una mirada propia, actual y valiente. No se limita a contar una invasión: nos obliga a preguntarnos cómo reaccionamos cuando todo se desmorona. En esa pregunta —tan política como humana— reside su mayor fidelidad al original.
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