La eliminación de las bolsas de plástico de un solo uso en supermercados y comercios ya no es una tendencia aislada, sino una política que avanza con fuerza en distintos países del mundo. La iniciativa, impulsada por razones ambientales y sanitarias, busca frenar uno de los residuos más contaminantes y persistentes que genera la actividad humana.
El primer antecedente se remonta a 2002, cuando Bangladesh decidió prohibir las bolsas plásticas tras comprobar que obstruían los sistemas de desagüe y provocaban inundaciones devastadoras. Desde entonces, la medida se replicó en numerosas regiones. En Estados Unidos, por ejemplo, estudios recientes citados por el Foro Económico Mundial señalan que estas prohibiciones lograron reducir el consumo en alrededor de 6.000 millones de bolsas por año.
Un enemigo silencioso
Más allá del impacto visual en calles y espacios públicos, el verdadero peligro del plástico es menos visible. Según Judith Enck, fundadora de la organización Beyond Plastic y exfuncionaria de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, prácticamente todo el plástico producido a lo largo de la historia sigue presente en el planeta. Estos materiales tardan siglos en degradarse y, en ese proceso, se fragmentan en microplásticos que contaminan ríos, océanos y fuentes de agua potable.

La preocupación crece cuando estos microplásticos ingresan en la cadena alimentaria y llegan al cuerpo humano. Desde su identificación en 2004, diversas investigaciones científicas los vinculan con riesgos graves para la salud, como enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer. El problema ya no se limita a la protección de la fauna marina, sino que representa una amenaza directa para las personas.
Resistencia y adaptación
Como toda transformación profunda, la prohibición genera reacciones encontradas entre los consumidores. Algunos cuestionan la medida por la comodidad que ofrecían las bolsas de plástico o por la supuesta fragilidad de las alternativas de papel. Sin embargo, cada vez más personas optan por bolsas reutilizables y destacan que el cambio de hábito es posible.
“Después de la incomodidad inicial, uno se acostumbra”, coinciden quienes apoyan la iniciativa. En ese sentido, especialistas remarcan que el plástico descartable dejó de ser una opción viable frente al impacto ambiental y sanitario que provoca.
El desafío ahora pasa por la adaptación colectiva: modificar rutinas, adoptar alternativas sustentables y comprender que reducir el plástico no es solo una decisión ecológica, sino una inversión directa en salud pública y en un futuro más limpio y seguro.
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