Escuchar música mientras se entrena es una práctica extendida en gimnasios, parques y circuitos de ciclismo. Sin embargo, una investigación reciente puso en duda que ese hábito mejore de manera constante la concentración, el estado de ánimo o el rendimiento mental.
El trabajo fue coordinado por el Centre of Excellence in Music, Mind, Body and Brain de la Universidad de Jyväskylä y publicado en la revista científica Frontiers in Psychology. Se trató de un metaanálisis que revisó diez estudios experimentales realizados en distintos países para evaluar cómo la música influye en la atención, el control inhibitorio, la flexibilidad mental y la respuesta emocional durante la actividad física.
Atención y concentración: resultados dispares
Los investigadores no hallaron un patrón uniforme de beneficios en la concentración. Si bien muchas personas perciben que la música facilita el enfoque o reduce la fatiga mental, los datos no confirmaron mejoras consistentes en tareas aeróbicas o de resistencia.
En particular, no se registraron aumentos estables en la capacidad de discriminar estímulos relevantes ni en el sostenimiento de la atención. Los efectos positivos aparecieron de manera puntual, sobre todo cuando los participantes podían elegir la música o cuando el ritmo coincidía con el movimiento corporal. No obstante, esos resultados no se repitieron de forma sistemática.
La variabilidad individual fue un factor clave: mientras algunos sujetos mostraron mayor motivación y foco, otros evidenciaron distracción cuando el estímulo musical competía con la exigencia física.
Estado de ánimo: beneficios limitados a intensidades moderadas
El metaanálisis también examinó la dimensión emocional. En ejercicios de baja o moderada intensidad —como caminar a paso rápido o pedalear de manera sostenida— la música incrementó la sensación de placer y bienestar.
Sin embargo, a medida que la exigencia aumentó, ese efecto perdió fuerza. En entrenamientos de alta intensidad, incluidos intervalos de fuerza o rutinas muy demandantes, la música no produjo mejoras claras en el estado de ánimo ni en la percepción del esfuerzo. En esos casos, la atención se concentró en la ejecución técnica y la regulación física, lo que redujo la influencia del estímulo sonoro.
Tampoco variables como la familiaridad con la canción, el tempo o el estilo musical mostraron efectos consistentes en todos los estudios analizados.
La clave: contexto y perfil individual
Uno de los hallazgos centrales del equipo encabezado por Andrew Danso indica que cuanto mayor es la demanda física, menor resulta el impacto de la música en la atención y el bienestar emocional.
Además, la edad, el nivel de entrenamiento y el diseño metodológico influyeron en los resultados. La mayoría de las investigaciones incluyó adultos físicamente activos, lo que limita la extrapolación de conclusiones a atletas de élite o personas sedentarias.
Los autores advirtieron que generalizar beneficios sin considerar el contexto puede generar expectativas poco realistas. En cambio, sostuvieron que reconocer la diversidad de respuestas individuales permitiría diseñar estrategias de entrenamiento más ajustadas a cada perfil.
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